
Aunque me sofoquen las nieblas de muros.
Los rascacielos me cubran; me rompan la mirada, me oculten
el ala celeste de los cielos ahuecada para mí.
Y esas máscaras ubicuas que ríen, maquilladas para una fiesta siempre,
asomando en las pantallas tan lejanas de la vida, sean mi tortura.
Que son sombras de sí, en el olvido de sí, para
no empinarse la vida y sus silencios:
sus palpitaciones a medianoche;
sus túneles soleados que asaltan el paso y encrispan
los epitelios del alma. Entonces
se siente la responsabilidad de estar vivo.
Se sufre.
Se es Hombre y se sufre. Pero nadie quiere palparse
el corazón agitado, sentir sus murmullos desolados en las madrugadas
y parten con la risa pegada como un tapabocas, la mueca
del payaso encima; y, así, no viven, no se mueren, no se crecen,
para toda inmortalidad que espera y para hacernos el perfil
que la belleza esculpe. Lo que se espera de nos.
Pero yo me bebo mi cáliz de luz cada día y piso mi desierto.
En mi cámara que me ha tocado en este barco que gira al sol
yo no esquivo nada. Se me deshojan las bellezas que me has dado y
lloro sobre el nido que forma mi sombra. Otras veces, se van
como se doblan los bellos bosques en las llamas, o vuelan como los cisnes asustados.
Yo te hablo que para esto pusiste la palabra. Te susurro en tu oído tras horizonte.
Y la dádiva es esta alegría que me encumbra el corazón en el pecho. Es esta fiesta
secreta que vivimos juntos cada vez.Y la palabra "eternidad" me la regalas.La palabra
"inmortalidad" me la prendes y sé que nada de lo bello escatimas y nunca morirá
y nos veremos abrazando a los idos, hombres o animales, si ellos
conservaron la belleza.
1 comentario:
Ana María
Es una Oda a la permanente resurrección...una maravilla poética.
Felicitaciones.
Un abrazo.
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